Inoculación de semillas de cebolla con microorganismos benéficos: Efectos sobre el control biológico de enfermedades y sobre el crecimiento de las plántulas
Palabras clave:
inoculación de semilla, control biológico, Trichoderma, ClonostachysSinopsis
En Uruguay, el cultivo de cebolla es de gran importancia económica, pero aún no se dispone de tantas herramientas investigadas para un control integrado de enfermedades como ocurre en las hortalizas protegidas. Los suelos del país se caracterizan por ser fértiles y presentar una gran diversidad de microorganismos; sin embargo, el uso intensivo de los sistemas productivos hortícolas provoca su degradación progresiva, transformándolos en ambientes favorables para el desarrollo de distintos patógenos. La producción nacional se basa principalmente en cultivares desarrollados por INIA y la Facultad de Agronomía, y la mayor parte de la semilla comercializada es de origen nacional y certificada. En este contexto, ofrecer semilla inoculada con microorganismos benéficos permitiría sustituir el uso de curasemillas químicos, aprovechando mecanismos biológicos para contribuir a un manejo integrado más sostenible.
La inoculación de semillas con microorganismos benéficos constituye una herramienta con potencial para optimizar recursos y promover un mejor crecimiento inicial; sin embargo, en horticultura su aplicación es poco frecuente. En este trabajo se evaluó el efecto de la inoculación de semillas de cebolla con Trichoderma afroharzianum cepa TR48 y con Clonostachys rhizophaga cepa P43, aplicadas por separado. Se utilizaron los cultivares Vicky F1 (Italia) y Pantanoso del Sauce CRS (Uruguay). Los microorganismos fueron cultivados en placas con medio PDA, de las cuales se cosecharon esporas que luego fueron encapsuladas con aditivos para favorecer su viabilidad. Se evaluó la viabilidad con y sin aditivos a los 0, 7 y 14 días post inoculación, dos métodos de conservación: temperatura ambiente y refrigeración a 4–5 °C.
En cultivos duales, la cepa Clonostachys P43 mostró efecto significativo en el control de Botrytis (43,3 cm² de área del patógeno en presencia de P43 frente a 55,9 cm² en el control), aunque no evidenció efecto sobre Fusarium. Por su parte, Trichoderma TR48 presentó mayor capacidad de control sobre ambos patógenos (20,9 y 25,1 cm² de área de Botrytis y Fusarium, respectivamente, frente a 55,9 y 35,9 cm² en los controles), asociado a su mayor tasa de crecimiento in vitro. En un biotest en arena infectada con Fusarium, ambas cepas generaron efecto positivo en el peso de las plántulas con la cepa UR01, de baja virulencia, pero no fueron efectivas frente a la cepa más virulenta NL93816 con la metodología empleada. El peso medio de plántulas con NL93816 fue de 0,030 g, mientras que con inoculación se aproximó a 0,076 g por plántula.
Ambas cepas mantuvieron su viabilidad en PDA hasta los 7 días posteriores a la inoculación (17 cm² para TR48 y 11 cm² para P43), disminuyendo a los 14 días (12,5 cm² y 8 cm², respectivamente) en la variedad Vicky; comportamiento similar se observó en Pantanoso y bajo ambas temperaturas de conservación. El uso de aditivos provocó altos niveles de contaminación in vitro, lo que indica necesidad de ajustes metodológicos. En campo, a los 60 y 90 días desde la siembra, las semillas inoculadas produjeron plantas con mayor peso y área foliar, aunque con menor diámetro de tallo. La incidencia natural de enfermedades fue baja y sin diferencias significativas. El uso de microorganismos benéficos se presenta como alternativa para fortalecer la sanidad y sostenibilidad del cultivo.
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